Dos niñas surcoreanas fueron separadas por sus padres en la estación de trenes de Daegu, cerca de Seoul. Una fue abandonada allí a los dos años de edad y su hermana, unas pocas semanas después, fue abandonada con apenas seis semanas de nacida en otra estación cercana.
La niña mayor consiguió una amorosa familia adoptiva en Estados Unidos, mientras que la menor logró crecer felizmente en el seno de una familia en Bélgica.
Con el devenir del tiempo y, como es natural, cada una de las mujeres, sin saber exactamente si tenían o no alguna familia en el mundo, sintió curiosidad por conocer sus orígenes biológicos. Una de ellas incluso necesitaba saber a quién se parecían sus manos, sus rasgos.
Las posibilidades de que una supiera de la existencia de la otra era tan remota como una en mil millones.
Viviendo en dos países distintos, en dos continentes separados, a más de seis mil kilómetros la una de la otra, estas mujeres estaban condenadas a no conocer a ninguno de sus familiares biológicos, mucho menos tan cercanos como una hermana.
Debido a que fueron recogidas en momentos y sitios diferentes y asiladas en dos orfanatos distintos no existían registros acerca de los orígenes comunes de las dos mujeres.
Hasta que cada una por su cuenta decidió tomar un test de ADN con la compañía israelí MyHeritage. Una posibilidad estaba abierta y, sin embargo, ninguna de las dos estaba preparada para recibir la noticia que finalmente les llegó de MyHeritage: usted tiene una hermana.
Luego de hacer contacto por medios digitales, de interminables horas de video-chats y correos electrónicos en los que trataron de recuperar los años que llevaban separadas, finalmente fue arreglado un encuentro entre las hermanas por MyHeritage.